Hay un lugar al que la larga lista de hijos y nietos de italianos aman volver constantemente; los recuerdos de la infancia. Nacer y crecer en un hogar italiano, incluso en medio de la lontananza geográfica, conecta al corazón directamente con un país que sin dudar los abraza. Yo formo parte de esa larga lista y mi nostalgia es permanente al trasladar mi memoria a aquellos momentos junto a mi nonna, escuchando todas sus historias y la travesía que la llevó a subirse a un barco con sus hijos para huir de una guerra que los hizo dejar atrás una vida para comenzar otra en una pequeña Venecia. Y aunque el equipaje que subieron a ese barco no era ostentoso, la realidad es que sí llevaron un tesoro valioso: el amor por Italia y la añoranza de mantener su historia, costumbres y sabores generación tras generación.

Tuve una infancia feliz, rodeada de canciones tan alegres como una Tarantela y tan emocionantes como O
Sole Mio, reunida con mi familia cada domingo para disfrutar del sabor de la pasta, a veces de unos arancini, pero siempre de unos dulces variando entre cannoli o biscotti para alegrar las tardes. Crecí escuchando a mi familia hablar de las maravillas de Italia, mientras usábamos la camiseta azul para alentar a una selección que me permitió vivir en el 2006 una alegría incomparable penal tras penal. Las risas en casa no faltaban, así como tampoco el carácter fuerte y el instinto protector donde la familia siempre fue lo primero y más importante.
Crecí con el amor hacia Italia en mi ADN y siempre agradecida con Venezuela por haber recibido ese barco que trasladó a mi familia hacia un futuro de prosperidad y bendiciones. Pero en medio de tantas certezas de cariño, conexión y tradiciones perennes, surgió una realidad desoladora para quienes teníamos un derecho por sangre que fue arrebatado por el obstáculo de obtención de doble nacionalidad. Mi papá, en 1982, fue empujado a tomar la acción de renunciar a su nacionalidad italiana para obtener más oportunidades en el país que lo recibió, sin saber que justo en ese momento aquella firma cortaría cualquier derecho “ius sanguinis” existente, cortando la posibilidad a su descendencia nacida posteriormente a aquella firma, de adquirir la nacionalidad, como si los lazos de sangre pudieran cortarse.
Sí, yo formo parte de esa larga lista de hijos y nietos de italianos que fuimos obligados a vivir en un limbo de nostalgia, imposibilitados de adquirir el derecho que la sangre nos otorgó pero las circunstancias legales nos arrebataron. Ahora, las facilidades para readquisición de la nacionalidad le han dado a mi papá la esperanza de recuperar lo que nunca dejó de ser suyo, pero somos muchos los descendientes que debemos observar desde la otra acera las múltiples dificultades para llamarnos italianos, aun cuando nuestro corazón se hincha de orgullo al cantar “sono un italiano”, pero sin poder ser “un italiano vero”.
Italia, ¿cuándo podremos todos tus descendientes presumir de ti? Sin obstáculos, sin imposibilidades.
Aunque esa respuesta no ha llegado, sé que aunque no seamos tus hijos reconocidos, nuestro anhelo de
algún día poder cruzar un camino con puertas abiertas seguirá intacto. Será porque corres por nuestras
venas, porque tu magia nos ha abrazado desde nuestros primeros destellos de conciencia, será porque la
esperanza nunca muere, sarà perché ti amo… y a eso definitivamente no se puede renunciar.