Paolo Rossi y la gesta eterna que coronó a Italia en España 1982.
La historia del fútbol mundial guarda un capítulo dorado para el verano de 1982, cuando un hombre desafió la lógica deportiva para pasar del ostracismo absoluto a la gloria máxima. Paolo Rossi, el delantero que llegó al Mundial de España bajo una lluvia de críticas y sospechas tras dos años de inactividad por una sanción, terminó convirtiéndose en el símbolo de la tercera estrella italiana, dejando una huella imborrable en el Estadio Santiago Bernabéu y en el imaginario colectivo del deporte rey.

El camino de Rossi en aquella cita mundialista comenzó de forma sombría. Durante la fase de grupos en Vigo y Pontevedra, el atacante de la Juventus se mostró fuera de ritmo, errático y carente del instinto goleador que lo había caracterizado. La prensa italiana, implacable, cuestionó la decisión del seleccionador Enzo Bearzot de convocarlo. Sin embargo, el estratega mantuvo una fe ciega en su delantero, una apuesta que cambiaría el destino del torneo en la segunda fase, cuando Italia se trasladó a Barcelona para enfrentar al todopoderoso Brasil de Zico y Sócrates.
Fue en el mítico Estadio de Sarriá donde nació la leyenda de “Pablito”. En un partido que hoy se recuerda como uno de los más grandes de la historia, Rossi anotó un hat-trick magistral que eliminó a la gran favorita, Brasil, en un duelo que terminó 3-2. Aquella tarde, el delantero italiano dejó de ser un jugador bajo sospecha para transformarse en un depredador del área, recuperando su velocidad mental y su capacidad para aparecer en el lugar exacto en el momento preciso.
La racha goleadora de Rossi no se detuvo tras la caída del gigante sudamericano. En las semifinales contra Polonia, anotó los dos goles que sellaron el pase de la “Azzurra” a la gran final. Ya en el partido decisivo contra Alemania Federal, Rossi fue el encargado de abrir el marcador, encaminando el triunfo italiano por 3-1. Con seis anotaciones en total, todas ellas marcadas en los últimos tres partidos del torneo, Paolo Rossi se alzó con la Bota de Oro como máximo goleador y con el Balón de Oro al mejor jugador del Mundial.
El legado de Paolo Rossi en España 1982 trasciende los números. Su actuación es el ejemplo definitivo de redención deportiva: un atleta que, tras tocar fondo, lideró a su nación hacia la cima del mundo. Aquel año, Rossi también recibió el Balón de Oro otorgado por la revista France Football, consolidándose como el mejor futbolista del planeta y dejando para la posteridad la imagen de un delantero menudo, astuto y letal que fue capaz de silenciar las críticas para escribir la página más brillante del fútbol transalpino.