Todo comenzó el 4 de julio de 1971, cuando nació una pequeña gorila de las tierras bajas occidentales en el Zoológico de San Francisco. Fue nombrada Hanabi-Ko (“Hija de los fuegos artificiales”), pero el mundo la conocería pronto simplemente como Koko. Aquel año marcó el punto de partida de lo que se convertiría en el estudio de lenguaje interespecies más largo de la historia.

El encuentro con Penny Patterson
En 1972, mientras Koko aún era una cría, la estudiante de doctorado de Stanford, Francine “Penny” Patterson, solicitó permiso para trabajar con ella. Lo que comenzó como un proyecto de tesis doctoral se transformó en una convivencia de décadas.
Los hitos de aquel periodo inicial incluyeron:
El traslado a Stanford: Koko fue instalada en un entorno controlado dentro del campus universitario para facilitar el estudio intensivo.
Las primeras señas: A los pocos meses de iniciar el entrenamiento, Koko ya utilizaba gestos rudimentarios de la Lengua de Señas Americana (ASL) para pedir comida y juego.
La metodología: Patterson utilizó una combinación de enseñanza directa y modelado físico (moldeando las manos de la gorila) para establecer la comunicación.
Un cambio de paradigma
Antes de que Koko llegara a Stanford, la comunidad científica dudaba seriamente de que los gorilas tuvieran la paciencia o la inteligencia necesaria para el lenguaje, favoreciendo generalmente a los chimpancés. El trabajo que inició en 1971 desafió estas nociones, demostrando que Koko no solo podía aprender señas, sino que poseía una sensibilidad emocional profunda.
“En aquellos primeros meses, quedó claro que Koko no solo estaba repitiendo gestos; estaba intentando conectarse con nosotros”, recordaría Patterson años más tarde sobre los inicios en la universidad.
Legado de aquel año fundacional
Lo que comenzó en los laboratorios de Stanford en los años 70 abrió las puertas a una nueva comprensión de la mente animal. Aquella pequeña gorila nacida en el 71 acabó dominando más de 1,000 señas y comprendiendo más de 2,000 palabras en inglés hablado, cambiando para siempre nuestra percepción sobre la frontera entre los humanos y el resto del reino animal.